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La Palabra de vida: del oído al corazón, del corazón a la vida

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.
Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.
Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.”

Santiago 1:19–27

 

Una Palabra que da vida

El Salmo 119 es un canto de amor a la Palabra de Dios. En él leemos:

“Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, Y lo guardaré hasta el fin. Dame entendimiento, y guardaré tu ley, Y la cumpliré de todo corazón.” (Salmo 119:33–34).

El salmista reconoce algo vital: que la Palabra no es un adorno espiritual ni un simple libro de consejos; es el camino que conduce a la vida, la guía segura que orienta el corazón y los pasos.

Dios nos ha dado Su Palabra, y por medio de ella nos ha dado vida. El apóstol Santiago, en el pasaje que meditamos hoy, nos recuerda que fuimos hechos nacer “por la palabra de verdad” (Stg. 1:18). Pero ese nuevo nacimiento implica también un llamado: recibir la Palabra con disposición correcta, obedecerla con sinceridad y permitir que transforme cada aspecto de nuestra vida.

La parábola del sembrador (Mt. 13:1–23) ilustra lo mismo: la semilla es la misma, lo que cambia es la actitud del corazón que la recibe. Lo que determina el fruto no es la Palabra —que siempre es viva y eficaz (Heb. 4:12)— sino cómo respondemos a ella.

Santiago nos muestra un camino claro: la Palabra debe pasar del oído al corazón, y del corazón a la vida. En otras palabras, debe ser recibida con mansedumbre, obedecida con firmeza y reflejada en un estilo de vida íntegro.

 

Una escucha transformadora: recibir la Palabra con humildad

El primer paso para que la Palabra de Dios produzca fruto en nosotros es cómo la recibimos. Santiago nos exhorta:

“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (Stg. 1:19–20).

Esta tríada —pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse— no es simplemente un consejo de buena educación. Se trata de nuestra actitud frente a la Palabra de Dios.

Pronto para oír: el creyente verdadero se acerca a la Palabra con hambre, como el niño recién nacido que desea la leche espiritual (1 Pe. 2:2). Escucha con disposición, con el anhelo de ser enseñado.

Tardo para hablar: muchas veces queremos opinar, discutir o enseñar antes de dejarnos instruir. Pero Santiago nos recuerda que la responsabilidad de hablar la Palabra de Dios no debe tomarse a la ligera (Stg. 3:1; 2 Tim. 2:15).

Tardo para airarse: no siempre lo que Dios nos dice es fácil de aceptar. La Palabra confronta, corrige y desnuda el corazón. Y la reacción natural puede ser justificarme, relativizar lo que escucho o incluso enojarme. Pero “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg. 1:20).

Santiago añade que debemos desechar toda inmundicia y malicia para recibir la Palabra con mansedumbre (v. 21). Es decir, acercarnos a ella sin dobles intenciones, sin resistencias, con un corazón blando y dispuesto.

Recibir con mansedumbre significa reconocer que no soy yo el juez de la Palabra, sino que ella me juzga a mí. La semilla ya está implantada en nuestro corazón; la pregunta es si la dejamos crecer o si la ahogamos con la maleza del pecado.

 

Del oído a la obediencia: ser hacedores de la Palabra

Santiago va un paso más allá: no basta con escuchar la Palabra. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (v. 22).

Aquí se nos revela un gran peligro: el autoengaño espiritual. Es posible escuchar sermones, leer devocionales, asistir a estudios bíblicos y pensar que con eso basta. Pero si la Palabra no se traduce en obediencia, nos estamos engañando.

Santiago lo ilustra con una imagen vívida: el hombre que se mira en un espejo, pero al instante olvida cómo era (vv. 23–24). Así es quien oye la Palabra, pero no la practica: la luz de Dios le muestra su condición, pero al no actuar en consecuencia, todo se desvanece.

En contraste, aquel que “mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella” (v. 25) encuentra verdadera bienaventuranza. No se trata de una obediencia fría y forzada, sino de vivir bajo la gracia que nos libera del pecado. La obediencia a la Palabra no es una carga, sino el camino a la verdadera libertad.

Jesús mismo lo dijo: el que oye sus palabras y las hace es como el hombre que construyó sobre la roca; cuando vino la tormenta, su casa permaneció firme (Lc. 6:46–49). El obediente no vive exento de dificultades, pero está cimentado en Cristo, y por eso no cae.

 

Una fe viva y práctica: la Palabra que transforma nuestra vida diaria

La tercera enseñanza de Santiago es que la Palabra de Dios debe reflejarse en lo concreto de nuestra vida cotidiana. El apóstol nos muestra tres áreas donde se manifiesta una fe auténtica:

Nuestros labios: “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (v. 26). No se trata de religiosidad vacía ni de palabras bonitas, sino de un corazón transformado que se evidencia en lo que decimos. Como enseñó Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc. 6:45). Nuestras palabras pueden edificar y dar gracia (Ef. 4:29) o, por el contrario, herir y revelar un corazón sin freno.

Nuestro amor hacia los demás: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (v. 27). La verdadera espiritualidad no se mide por rituales externos, sino por un amor sincero que se traduce en compasión práctica. En tiempos de Santiago, los huérfanos y las viudas representaban a los más vulnerables. Hoy también hay muchos que necesitan cuidado y acompañamiento. Pablo lo resumió así: “Hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gál. 6:10).

Nuestra relación con el mundo: Santiago añade: “guardarse sin mancha del mundo” (v. 27). La fe genuina no coquetea con el pecado ni adopta los valores de un sistema contrario a Dios. No significa aislarnos, sino vivir en el mundo sin dejarnos moldear por él, manteniendo la pureza de corazón y el amor por Dios sobre todas las cosas.

En suma, una respuesta correcta a la Palabra se verá reflejada en lo que decimos, en cómo tratamos a los demás y en la manera en que nos apartamos del pecado.

¿Qué hacemos con la Palabra?

El mensaje de Santiago es tan sencillo como profundo: no basta con escuchar, necesitamos obedecer. No basta con acumular conocimiento bíblico, necesitamos vivirlo.

Hoy la pregunta para cada uno de nosotros es:

¿Con qué actitud estoy escuchando la Palabra de Dios? ¿Con mansedumbre y humildad, o con resistencia y justificación?

¿Estoy obedeciendo lo que Dios me dice, o simplemente acumulando información espiritual?

¿Refleja mi manera de hablar el carácter de Cristo que está formando en mí?

¿Se traduce mi fe en amor práctico hacia los demás y en un rechazo claro al pecado?

La Palabra implantada en nosotros tiene poder para salvar nuestras almas, para hacernos crecer en santidad y para transformarnos a imagen de Cristo. Pero para que eso suceda, debe pasar del oído al corazón, y del corazón a la vida.

Que podamos, como el salmista, orar con sinceridad:
“Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos… Inclina mi corazón a tus testimonios… Avívame en tu camino” (Sal. 119:33–37).

Y que, al recibir la Palabra con humildad y obedecerla con firmeza, seamos bienaventurados en todo lo que hacemos, caminando cada día más cerca de nuestro Señor.

 

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