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La Palabra Verdadera del Evangelio

“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad, como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros, quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu.” (Colosenses 1:1-8)

 

¿Hay un evangelio verdadero?

Vivimos en una época saturada de mensajes. Cada día escuchamos nuevas “verdades”, nuevas propuestas espirituales, nuevas fórmulas para alcanzar plenitud, éxito o paz interior. En medio de este ruido constante surge una pregunta urgente: ¿qué es realmente el evangelio? ¿Existe un evangelio verdadero? ¿Podemos estar seguros de que creemos lo correcto?

Estas no son preguntas teóricas. Son profundamente pastorales. Porque de la respuesta depende nuestra esperanza, nuestra paz y nuestra vida eterna.

Cuando el apóstol Pablo escribe a la iglesia en Colosas, no lo hace desde la comodidad de un escritorio, sino desde una prisión en Roma. Se presenta como “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. No habla en nombre propio; es un enviado, un comisionado. Su autoridad no proviene de sí mismo, sino del Señor que lo llamó.

La iglesia en Colosas no había sido fundada directamente por Pablo, sino por Epafras, quien probablemente escuchó el evangelio durante el ministerio de Pablo en Éfeso (cf. Hechos de los Apóstoles 19:8–10). Sin embargo, esta comunidad estaba siendo perturbada por enseñanzas confusas que pretendían añadir algo a Cristo. Frente a ese peligro, Pablo escribe para afirmar una verdad gloriosa y suficiente: Cristo es todo lo que necesitamos.

En estos primeros ocho versículos encontramos un retrato precioso de “la palabra verdadera del evangelio” y de lo que ella produce en quienes la reciben.

1. Una fe firme: el evangelio se recibe confiando en Cristo

Pablo comienza dando gracias a Dios “habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús” (Col. 1:4). Es significativo que su gratitud esté dirigida a Dios. La fe de los colosenses no es presentada como un logro humano, sino como una obra divina.

Pero ¿qué es la fe? Podríamos decir que es confianza, descanso, entrega. No es un simple asentimiento intelectual, ni una emoción pasajera. Es apoyarse en Cristo como suficiente Salvador.

La firmeza de nuestra fe no depende de la intensidad con la que creemos, sino del objeto en quien creemos. Y el objeto de la fe cristiana no es una idea, ni una filosofía, ni una experiencia, sino una Persona: Jesucristo.

La firmeza de nuestra fe no depende de la intensidad con la que creemos, sino del objeto en quien creemos.

El Señor mismo declaró: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (cf. Evangelio según Juan 6:27–29). La fe es, en esencia, mirar a Cristo y decir: “Tú eres suficiente. No confío en mis obras, ni en mis méritos, ni en mi justicia, sino en lo que Tú hiciste por mí.”

Esto nos lleva a examinarnos. ¿En qué está descansando nuestra alma? ¿En nuestra trayectoria cristiana? ¿En nuestra conducta? ¿En nuestra pertenencia a una iglesia? O verdaderamente, ¿en Cristo crucificado y resucitado?

El evangelio verdadero nos vacía de confianza propia para llenarnos de confianza en Él.

El evangelio verdadero nos vacía de confianza propia para llenarnos de confianza en Él.

2. Un amor visible: el evangelio transforma nuestras relaciones

Pablo no solo oye de la fe de los colosenses, sino también “del amor que tenéis a todos los santos” (Col. 1:4). La fe genuina siempre se traduce en amor concreto.

No se trata de un amor selectivo o parcial. No es amor hacia los más simpáticos, los más parecidos a nosotros o los más fáciles de tratar. Es amor “a todos los santos”. El evangelio rompe barreras, derriba orgullos y nos une en una nueva familia.

Jesús dijo: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (cf. Evangelio según Juan 15:12). Y el apóstol Juan lo expresó con claridad pastoral: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (cf. Primera Epístola de Juan 3:18).

El evangelio no solo nos reconcilia con Dios; también nos reconcilia entre nosotros. Si hemos comprendido la gracia que nos perdonó, no podemos permanecer indiferentes frente al hermano.

El evangelio no solo nos reconcilia con Dios; también nos reconcilia entre nosotros.

Aquí hay una aplicación necesaria: ¿nuestro cristianismo es meramente doctrinal o es también relacional? ¿Se puede ver el fruto del evangelio en la manera en que hablamos, servimos, perdonamos y soportamos a otros?

El amor no es el medio para ganar la salvación; es el fruto inevitable de haber sido alcanzados por ella.

3. Una esperanza segura: el evangelio nos orienta hacia la eternidad

Pablo afirma que la fe y el amor de los colosenses existen “a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos” (Col. 1:5). La esperanza es el motor invisible que impulsa la vida cristiana.

No es una ilusión optimista. No es simplemente pensar que “todo va a salir bien”. Es una certeza anclada en las promesas de Dios.

Nuestra esperanza está “guardada en los cielos”. No depende de la economía, ni de la estabilidad política, ni de nuestra salud. Está asegurada por la obra consumada de Cristo.

Por eso Pablo exhortará más adelante: “Poned la mira en las cosas de arriba” (Col. 3:2). Y también dirá que no desmayamos porque “las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (cf. Segunda Epístola a los Corintios 4:16–18).

Esta esperanza nos sostiene en la aflicción. Cuando el cuerpo se desgasta, cuando los planes se frustran, cuando el mundo ofrece solo promesas vacías, el creyente puede levantar los ojos y recordar: mi tesoro está en el cielo.

Y esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesucristo. Él es la garantía de que un día todas las cosas serán hechas nuevas.

4. Un poder transformador: el evangelio da fruto y crece

Pablo describe el evangelio como una palabra viva: “ha llegado hasta vosotros… y lleva fruto y crece también en vosotros” (Col. 1:6).

El evangelio no es una teoría estática; es una semilla poderosa. Donde llega, produce vida. Donde es recibido en verdad, transforma.

El evangelio no es una teoría estática; es una semilla poderosa. Donde llega, produce vida. Donde es recibido en verdad, transforma.

Jesús lo expresó con la imagen de la vid y los pámpanos: “El que permanece en mí… éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (cf. Evangelio según Juan 15:5,8).

Ese fruto no es mera actividad religiosa. Es carácter transformado. Es justicia práctica. Es una vida que refleja, cada vez más, el carácter de Cristo (cf. Epístola a los Filipenses 1:9–11).

Además, el evangelio no solo crece individualmente, sino también globalmente. Desde una ciudad pequeña como Colosas hasta “todo el mundo”, la buena noticia avanza. Cumple la promesa del Señor de hacer discípulos de todas las naciones (cf. Evangelio según Mateo 28:18–20) y anticipa la multitud redimida de toda lengua y nación (cf. Apocalipsis 7:9).

Esto nos llena de confianza. La iglesia no depende de estrategias humanas para sobrevivir. Depende del poder intrínseco del evangelio.

5. Una gracia soberana: el evangelio nos salva gratuitamente

Pablo recuerda que desde el día que oyeron, los colosenses “conocisteis la gracia de Dios en verdad” (Col. 1:6). El corazón del evangelio es la gracia.

Gracia significa favor inmerecido. Significa que lo que no podíamos hacer —vivir sin pecado, satisfacer la justicia divina— Cristo lo hizo por nosotros.

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (cf. Epístola a los Romanos 3:23–24). Nuestra salvación no nace en nuestras obras, sino en el propósito eterno de Dios manifestado en Cristo (cf. Segunda Epístola a Timoteo 1:9–10).

La gracia es humillante y liberadora al mismo tiempo. Humillante, porque nos recuerda que no tenemos méritos. Liberadora, porque nos asegura que todo depende de Cristo.

La gracia es humillante y liberadora al mismo tiempo. Humillante, porque nos recuerda que no tenemos méritos. Liberadora, porque nos asegura que todo depende de Cristo.

Una iglesia que olvida la gracia termina cayendo en legalismo o en orgullo. Una iglesia que vive en la gracia vive en gratitud, humildad y adoración.

Una iglesia que olvida la gracia termina cayendo en legalismo o en orgullo. Una iglesia que vive en la gracia vive en gratitud, humildad y adoración.

6. Un mensaje proclamado: Dios usa siervos fieles

Finalmente, Pablo menciona a Epafras, “nuestro consiervo amado”, fiel ministro de Cristo (Col. 1:7). El evangelio es divino en su origen, pero Dios ha querido usar instrumentos humanos para proclamarlo.

“¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (cf. Epístola a los Romanos 10:14–15).

No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor (cf. Segunda Epístola a los Corintios 4:5–6). Somos embajadores en nombre de Cristo (cf. Segunda Epístola a los Corintios 5:20).

Esto nos recuerda que la proclamación del evangelio no es tarea opcional. Es un privilegio y una responsabilidad. La misma gracia que nos salvó nos envía.

Nuestro compromiso con la verdad

En un mundo lleno de verdades ilusorias hay una sola verdad que salva: la palabra verdadera del evangelio.

A lo largo de toda la carta a los colosenses, Pablo insistirá en que Cristo es preeminente, majestuoso, suficiente. No necesitamos añadirle nada. No debemos añadirle nada.

Frente a esto, nuestro compromiso es triple:

Guardar la pureza del evangelio. “Guarda el buen depósito” (cf. Segunda Epístola a Timoteo 1:13–14).
Vivir la pureza del evangelio. “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (cf. Evangelio según Juan 14:15).
Proclamar el evangelio con pureza. Decididos a no saber “cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (cf. Primera Epístola a los Corintios 2:1–2).

¡Dios te bendiga!

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