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Una oración que nace del evangelio

“Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

 

¿Cuál es la mejor oración que podríamos hacer?

Si alguien te preguntara: ¿qué te gustaría que otros oren por vos?, ¿qué responderías?

Tal vez pediríamos por salud, por provisión, por protección o por dirección en decisiones importantes. Todas esas son cosas legítimas por las que orar. Sin embargo, cuando miramos las oraciones de los apóstoles en el Nuevo Testamento, descubrimos que ellos suelen enfocarse en algo más profundo.

En Colosenses 1:9–14, el apóstol Pablo abre una ventana para que veamos cómo ora por los creyentes. Es una oración que nace del evangelio y apunta a una vida transformada por ese evangelio. No es simplemente una lista de pedidos circunstanciales, sino una oración que refleja lo que realmente importa en la vida cristiana.

En este pasaje encontramos, en esencia, la oración que Pablo desea para la iglesia. Y al leerla, comprendemos que también debería convertirse en nuestra oración por otros creyentes y por nosotros mismos.

Cuando Dios nos alcanza con su salvación, nuestra forma de orar cambia. Nuestras prioridades cambian. Nuestro deseo comienza a alinearse con lo que Dios está haciendo en nuestras vidas.

Veamos entonces qué nos enseña este pasaje acerca de la oración que nace del evangelio.

Una vida alcanzada por la gracia descubre la necesidad de orar

Pablo comienza diciendo:

“Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir…” (Colosenses 1:9)

La expresión “por lo cual” conecta esta oración con lo que Pablo acaba de mencionar antes: el evangelio había llegado a los colosenses y había producido fruto en ellos. Epafras le había contado cómo habían creído y cómo estaban creciendo en la fe.

Pero junto con esa buena noticia también había preocupaciones: falsas enseñanzas comenzaban a infiltrarse en la iglesia, mezclando el evangelio con filosofías humanas.

La respuesta de Pablo ante esa situación no es la ansiedad ni el control. Es la oración.

Él dice que no cesa de orar por ellos. La palabra que utiliza transmite la idea de algo continuo, persistente. Orar por la iglesia no era una actividad ocasional para Pablo, sino una de sus ocupaciones más importantes.

Además utiliza dos verbos: orar y pedir. El segundo implica un pedido ferviente, insistente. Pablo no ora de manera superficial, sino con profunda dependencia de Dios.

Jesús mismo enseñó esta actitud cuando dijo:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7).

Cuando Dios nos alcanza con su salvación, comenzamos a ver la realidad con otros ojos. Entendemos que las verdaderas necesidades de la vida no se resuelven solo con esfuerzo humano. Necesitamos la obra de Dios.

Por eso la oración se vuelve una necesidad primaria.

Oramos por nuestros hermanos.
Oramos por la iglesia.
Oramos por nosotros mismos.

Porque sabemos que todo lo que realmente importa depende de la gracia de Dios.

La verdadera sabiduría: conocer la voluntad de Dios

¿Cuál es entonces el primer pedido de Pablo?

“Que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual” (Colosenses 1:9)

Esta es la primera prioridad de su oración.

Pablo no comienza pidiendo prosperidad, seguridad o éxito. Pide algo mucho más profundo: que los creyentes conozcan la voluntad de Dios.

La palabra “llenos” transmite la idea de algo completo, abundante, que llena toda la vida. Pablo está orando para que los colosenses sean completamente saturados por el conocimiento de lo que Dios quiere.

No se trata de un conocimiento superficial. La palabra griega usada aquí implica un conocimiento profundo, pleno, transformador.

¿Y cómo conocemos la voluntad de Dios?

La respuesta es clara en toda la Escritura: a través de la Palabra de Dios.

Allí descubrimos quién es Dios.
Allí aprendemos qué ama Dios.
Allí entendemos cómo quiere que vivamos.

Pero Pablo agrega algo importante: este conocimiento ocurre “en toda sabiduría e inteligencia espiritual”.

Es decir, no se trata solo de acumular información bíblica. La sabiduría tiene que ver con discernir lo que Dios considera bueno. La inteligencia espiritual tiene que ver con saber cómo aplicar esa verdad a la vida. Este énfasis era particularmente importante para los colosenses, porque estaban siendo expuestos a filosofías humanas que prometían conocimiento superior. Por eso Pablo advierte más adelante:

“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas… y no según Cristo.” (Colosenses 2:8)

La verdadera sabiduría no se encuentra en los sistemas humanos, sino en Cristo. De hecho, Pablo dice más adelante:

“En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:3)

Por eso, una de las mejores oraciones que podemos hacer por nuestros hermanos —y por nosotros mismos— es esta:

Señor, ayúdanos a conocer cada vez más tu voluntad.

Una vida digna del Señor: el fruto de conocer a Dios

Pablo no ora por conocimiento por sí mismo. El propósito del conocimiento es claro:

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios.” (Colosenses 1:10)

Aquí vemos el propósito práctico de conocer la voluntad de Dios. Conocer a Dios debe transformar nuestra manera de vivir.

Conocer a Dios debe transformar nuestra manera de vivir.

Pablo utiliza una expresión muy fuerte: “andar como es digno del Señor”. Esta misma idea aparece en varias de sus cartas:

“Andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Efesios 4:1)

“Comportaos como es digno del evangelio de Cristo” (Filipenses 1:27)

La vida cristiana es una respuesta a la gracia que hemos recibido. No vivimos de manera santa para ganar el favor de Dios. Eso sería imposible. Somos salvos solo por la gracia de Cristo. Pero esa misma gracia produce una vida nueva. La Escritura dice:

“La gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos… sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11–12)

Cuando Dios transforma el corazón, también transforma la vida. Por eso Pablo menciona tres frutos concretos.

1. Agradar a Dios

El deseo central del creyente ya no es agradarse a sí mismo, sino agradar al Señor.

La pregunta comienza a cambiar. Ya no preguntamos: ¿qué quiero hacer? Sino: ¿qué honra a Dios?

2. Dar fruto en buenas obras

Jesús dijo:

“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto.” (Juan 15:8)

Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación, pero sí son su fruto. Una vida transformada inevitablemente comienza a reflejar la gracia que ha recibido.

Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación, pero sí son su fruto. Una vida transformada inevitablemente comienza a reflejar la gracia que ha recibido.

3. Crecer en el conocimiento de Dios

Hay una dinámica hermosa en este pasaje. Cuanto más conocemos a Dios, más deseamos obedecerle. Y cuanto más caminamos con Él, más lo conocemos.

Cuanto más conocemos a Dios, más deseamos obedecerle. Y cuanto más caminamos con Él, más lo conocemos.

La obediencia no es simplemente cumplir reglas. Es conocer más profundamente al Dios que nos salvó.

Fortalecidos por el poder de Dios para perseverar

Pablo sabe que la vida cristiana no es fácil. Por eso añade otro elemento a su oración:

“Fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad.” (Colosenses 1:11)

Aquí encontramos una verdad fundamental: vivir la vida cristiana requiere el poder de Dios. No podemos hacerlo por nuestras propias fuerzas. El mismo poder que resucitó a Cristo es el poder que sostiene a los creyentes. Pablo dice que somos fortalecidos “conforme a la potencia de su gloria”. Es decir, el poder que Dios pone a disposición de su pueblo es infinito.

¿Y para qué se manifiesta ese poder? Para producir paciencia y perseverancia. La palabra longanimidad describe la capacidad de soportar dificultades sin rendirse. Jesús mismo prometió:

“Mis ovejas oyen mi voz… y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás.” (Juan 10:27–28)

Dios no solo nos salva. También nos sostiene. La perseverancia cristiana no depende de nuestra fuerza, sino de la fidelidad de Dios.

Dios no solo nos salva. También nos sostiene. La perseverancia cristiana no depende de nuestra fuerza, sino de la fidelidad de Dios.

Un corazón lleno de gratitud por la obra de Cristo

Finalmente, la oración de Pablo termina en adoración.

“Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz.” (Colosenses 1:12)

Cuando contemplamos todo lo que Dios ha hecho, la única respuesta posible es la gratitud. Pablo describe tres aspectos gloriosos de nuestra salvación.

1. Fuimos liberados de las tinieblas

“Nos ha librado de la potestad de las tinieblas.” Antes de conocer a Cristo  estábamos bajo el dominio del pecado y de Satanás. No éramos neutrales espiritualmente. Éramos esclavos. Pero Dios nos rescató.

2. Fuimos trasladados al reino de Cristo

“Nos trasladó al reino de su amado Hijo.” La salvación no es solo perdón. Es también una nueva ciudadanía. Ahora pertenecemos al reino de Cristo.

3. Fuimos redimidos por su sangre

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” La palabra redención habla de un rescate pagado. Cristo pagó el precio con su propia sangre. Nuestros pecados fueron perdonados. Nuestra deuda fue cancelada. Nuestra condenación fue quitada. Todo esto por gracia.

La oración que debería marcar nuestras vidas

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Cuál es la mejor oración que podríamos hacer por otros creyentes? Colosenses 1 nos da una respuesta clara.

Podemos orar para que:

  • Conozcan profundamente la voluntad de Dios
  • Vivan una vida digna del Señor
  • Den fruto en buenas obras
  • Sean fortalecidos por el poder de Dios
  • Perseveren con paciencia
  • Y vivan con un corazón lleno de gratitud por la obra de Cristo

Esta es la oración que nace del evangelio.

Una oración centrada en Cristo.
Una oración que busca transformación espiritual.
Una oración que refleja lo que realmente importa.

Y cuando recordamos todo lo que Dios ha hecho —que nos libró de las tinieblas, nos trasladó al reino de su Hijo y nos redimió por su sangre— nuestro corazón no puede hacer otra cosa que responder con asombro.

Porque nosotros no merecíamos nada de esto.

Pero Dios, en su gracia infinita, nos amó.

Y por eso nuestra oración puede ser, simplemente:

“Señor, haznos conocerte más.
Haznos vivir para tu gloria.
Y que nunca dejemos de maravillarnos por la salvación que tenemos en Cristo.”

¡Dios te bendiga!

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